Colombia: entre la guerra y la paz, la transformación de sus fuerzas militares

Hace apenas dos décadas, mencionar a las Fuerzas Militares de Colombia evocaba inmediatamente una imagen de conflicto interno, combates en la selva y la larga lucha contra la insurgencia. Hoy, esa percepción está cambiando, pero la transformación es mucho más compleja de lo que parece desde fuera. No se trata simplemente de que los soldados cambiaron de enemigo, sino de una redefinición profunda de su rol en una nación que intenta sanar sus heridas.
Durante más de medio siglo, el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea colombianas fueron moldeadas por la guerra contra las FARC, el ELN y los grupos paramilitares. Su estructura, entrenamiento y equipamiento estaban orientados casi exclusivamente hacia el conflicto interno. Oficiales y soldados aprendieron a moverse en territorios complejos, a entender las dinámicas de la guerra asimétrica y a desarrollar operaciones que combinaban el poder de fuego con la inteligencia humana. Esta experiencia dejó una marca indeleble en la institución.
La firma del Acuerdo de Paz con las FARC en 2016 representó un punto de inflexión que muchos subestiman. No fue solo el fin de las hostilidades con el grupo guerrillero más grande, sino el comienzo de un desafío quizás más complejo: ¿cómo reorientar una maquinaria militar diseñada para la guerra hacia la construcción de paz?
La respuesta ha sido gradual y llena de tensiones. Por un lado, las fuerzas militares han ampliado sus misiones hacia la protección de infraestructura crítica, el combate a la deforestación en la Amazonía y el apoyo en desastres naturales. La Armada, por ejemplo, ha incrementado su presencia en ríos y costas para combatir no solo el narcotráfico sino también la minería ilegal que destruye ecosistemas. La Fuerza Aérea ha desarrollado capacidades de vigilancia ambiental que eran impensables hace una década.
Sin embargo, la transición no ha sido lineal. La persistencia del ELN, la fragmentación de las disidencias de las FARC y el surgimiento de grupos armados que controlan rutas del narcotráfico han mantenido a buena parte de la institución en operaciones de combate. Esta dualidad -ser al mismo tiempo garantes de seguridad en territorios violentos y actores de construcción de paz- define la realidad actual de los militares colombianos.
Lo más interesante de esta transformación quizás está ocurriendo en la forma en que se entiende el éxito militar. Donde antes se medía principalmente por bajas infligidas al enemigo o territorios recuperados, hoy existen indicadores más sutiles: la capacidad de disuadir la violencia, la protección de líderes sociales, la recuperación de la confianza ciudadana en zonas históricamente abandonadas por el Estado.
La profesionalización también ha tomado nuevos matices. Los oficiales estudian no solo táctica y estrategia, sino también derechos humanos, resolución de conflictos y desarrollo comunitario. Las operaciones militares se planifican cada vez más en coordinación con fiscales, defensores del pueblo y autoridades locales. Este enfoque integral refleja una comprensión más sofisticada de lo que significa la seguridad en el siglo XXI.
Pero los desafíos persisten. La corrupción, aunque combatida con mayor rigor que antes, sigue siendo una amenaza a la efectividad institucional. La tensión entre el respeto a los derechos humanos y la necesidad de resultados rápidos en seguridad pública crea dilemas operativos constantes. Y la memoria de los errores del pasado -falsos positivos, colaboración con paramilitares- pesa como una losa en la relación con la sociedad civil.
Mirando hacia el futuro, las Fuerzas Militares de Colombia enfrentan quizás su prueba más difícil: convertirse en un pilar de un Estado que busca dejar atrás décadas de violencia, sin perder la capacidad de proteger a sus ciudadanos de las nuevas amenazas. No se trata de elegir entre ser guerreros o pacificadores, sino de encontrar el equilibrio exacto entre la firmeza necesaria y la sensibilidad que exige la construcción de paz.
Esta evolución, todavía en curso, merece ser observada con atención. Porque lo que ocurre con los militares colombianos no es solo una historia de reforma institucional, sino un reflejo de los desafíos que enfrentan muchas sociedades que intentan transitar desde el conflicto hacia la estabilidad.

Source: HotArticle

Original link: https://www.hotarticle24.com/nl3okwpl

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