En el quinto piso de la torre más discreta de Puerto Madero, el embajador de Chile en Argentina recibe a su invitado con la puntualidad de quien ha cruzado la cordillera cientos de veces y sabe, por experiencia, que los vientos patagónicos no perdonan los retrasos. Mientras sirve un cabernet que proviene de las laderas de Colchagua, cuenta que su primera tarea al llegar a Buenos Aires no fue entregar cartas credenciales ni protocolizar tratados: fue aprender a pedir “un cortado en jarrito” sin que le notaran el acento de Santiago.
Esa anécdota, que parece trivial, revela la esencia de un cargo que muchos imaginan como un mar de recepciones y brindis, pero que en la práctica es una suerte de traducción cultural permanente. El embajador no solo representa al Estado; representa también la forma en que los chilenos entienden el mundo, y debe hacerlo comprensible para argentinos que, paradójicamente, comparten historia, lengua y hasta la misma obsesión por el fútbol, pero que a menudo se miran como espejos distorsionados.
Desde la oficina que da al Río de la Plata, el diplomático maneja simultáneamente tres agendas. La primera, visible, incluye la promoción de inversiones y la coordinación de cumbres binacionales. La segunda, más silenciosa, consiste en desactivar tensiones que nacen en redes sociales o titulares sensacionalistas antes de que alcancen el nivel político. La tercera, la más compleja, es la de mantener viva la idea de que Chile y Argentina no son rivales, sino socios obligados por geografía y voluntad.
Durante el último verano, cuando los incendios en la Patagonia afectaron ambos lados de la frontera, el embajador se convirtió en un coordinador improvisado de brigadas y helicópteros. A las 3 de la madrugada, mientras la mayoría de la ciudad dormía, negociaba por teléfono con el gobernador de Neuquén la cesión de un cuerpo de bomberos chileno que acababa de sofocar un foco en Osorno. Nadie filmó ese momento; no hubo fotos oficiales. Pero la operación salvó varias hectáreas de bosque y, más importante, evitó que un desastre natural se politizara en medio de una campaña electoral.
Unos meses después, en una feria de turismo en Mendoza, un periodista le preguntó cuál era la diferencia entre su trabajo y el de cualquier otro diplomático en el mundo. El embajador reflexionó unos segundos y respondió: “En otros lados, la frontera es una línea. Acá, la frontera es una cancha de fútbol donde jugamos todos los domingos y después compartimos un asado”. La frase corrió en las redes y fue citada por presidentes de ambos países, pero pocos notaron que, en realidad, era una versión más poética de lo que los tratados de libre comercio intentan decir con páginas de anexos técnicos.
La embajada, sin embargo, no es solo sinécdoque de relaciones macroeconómicas. En un rincón del salón principal cuelga una foto en blanco y negro que muestra a un grupo de exiliados argentinos llegando a Santiago en 1977, recibidos por familias chilenas que sabían lo que era huir. El embajador se detalla frente a ella cada vez que pasa y recuerda que su padre, entonces estudiante de Derecho, formó parte del comité que organizó esas primeras cenas colectivas. “Los lazos no se crean en las oficinas”, dice, “se crean en las cocinas”.
Quizá por eso, cuando se le pregunta cuál es su mayor logro después de cuatro años en Buenos Aires, no menciona cifras de exportación ni inversiones millonarias. Habla, en cambio, de una plataforma digital que permite a jóvenes emprendedores de Bariloche y Puerto Varás compartir prototipos de cerveza artesanal sin pasar por aduanas burocráticas. “Es un experimento pequeño”, reconoce, “pero si esas etiquetas terminan juntas en la heladería de un hostel en El Calafate, habremos ganado más que con cualquier tratado”.
En los días previos a partir de regreso a Santiago, el embajador dedica sus mañanas a recorrer la feria de San Telmo. Compra alfajores para sus hijos y charla con los vendedores sobre la mejor forma de rellenar un mate sin que se tape. Alguien lo reconoce y le pregunta si extrañará Argentina. Sonríe y contesta que no, porque “uno no extraña lo que lleva adentro”. Luego sube al colectivo 29 como cualquier porteño y, al bajar en Plaza de Mayo, se despide con un “chau, bo” que delata cuánto ha cambiado su propio acento.
Cuando finalmente entrega su despacho al sucesor, deja sobre el escritorio una nota manuscrita: “Recordá que acá la diplomacia se hace con mate y con paciencia. Y si alguna vez no sabés qué decir, contales la historia del viento patagónico”.
El diplomático que une dos mitades del mismo paisaje
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