Cuando tiembla, todos miramos al Instituto Geofísico del Perú

Cualquiera que haya vivido un sismo en Perú conoce la escena: apenas cesa el movimiento, el celular comienza a llenarse de mensajes. ¿Fue en Lima? ¿En Ica? ¿De qué magnitud? Y poco después aparece la imagen de un mapa con un punto rojo, acompañada de un mensaje breve del Instituto Geofísico del Perú. Esa es la voz oficial de la tierra cuando se agita.
La primera vez que uno lo ve, piensa que es solo un trámite informativo. Pero detrás de ese tuit hay una red de estaciones, decenas de especialistas, años de datos y un trabajo silencioso que ocurre las 24 horas del día, incluso en los momentos en que nadie siente nada.
El Perú no es un país cualquiera en materia geofísica. Su territorio se encuentra en una de las zonas con mayor actividad sísmica del planeta, y la cordillera de los Andes guarda además decenas de volcanes cuya actividad se vigila de cerca. Predicciones no hay: ningún científico puede decir con exactitud cuándo será el próximo gran terremoto. Pero preparación, medición y respuesta informada sí son posibles. Y esa es la principal función del IGP.
Cuando no hay temblores noticiosos, ¿qué hace el instituto? Monitorea la actividad de los volcanes, estudia los movimientos de la corteza terrestre, mantiene redes de sismógrafos distribuidas por todo el país, registra fenómenos atmosféricos y genera datos que otros organismos utilizan para tomar decisiones. Es una especie de sistema nervioso central de la geofísica peruana, aunque la mayor parte de su trabajo no se ve.
Uno de los grandes retos que enfrenta es comunicar sin alarmar. La información sísmica es un asunto delicado: un dato mal explicado puede generar pánico, y un retraso puede dejar a la población sin detalles útiles. Por eso, entre cada alerta, hay equipos que verifican señales, descartan ruidos, corrigen magnitudes y preparan reportes en un lenguaje que una persona común pueda entender sin ser científica.
La relación entre ciudadanos y científicos ha cambiado con los años. Hoy, instituciones públicas como este instituto tienen redes sociales, aplicaciones y boletines de fácil acceso. La información también llega a colegios, gobiernos locales y medios de comunicación. Pero la brecha sigue siendo grande: a veces la población espera respuestas que la ciencia aún no puede dar, como predecir un sismo con días de anticipación.
Quizás lo más valioso del trabajo que realiza esta institución no sea solo producir datos, sino contribuir a una idea que cuesta aceptar: en un país sísmico, la seguridad no se improvisa. Se construye con infraestructura adecuada, simulacros que se toman en serio, habitantes que saben identificar una alerta y decisiones públicas basadas en evidencias.
La próxima vez que se sienta un temblor, ese mapa con el punto rojo no será solo un mensaje. Será la comprobación de que, en algún lugar del país, alguien estaba mirando cuando el suelo se movió.

Source: HotArticle

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