Cuando hablamos de política en América Latina, pocos nombres representan un cambio de paradigma como el de Alfonsina Maldonado. No solo porque su candidatura presidencial en Costa Rica en 2022 fuera histórica —era la primera persona trans en aspirar a la jefatura de Estado en el país—, sino porque su trayectoria muestra cómo el activismo de base, la visibilidad y la participación institucional pueden encontrarse en una misma persona.
Maldonado no llegó a la política por un cálculo de carrera. Su historia comienza en el activismo social: defensa de los derechos de las personas trans, trabajo comunitario en zonas vulnerables y una comprensión profunda de lo que significa ser sistemáticamente excluido del sistema. Antes de ser candidata, ya era conocida por su labor en organizaciones de la sociedad civil costarricense, especialmente en temas de diversidad sexual, vivienda y salud.
De la calle a la papeleta
Lo que hace particular el caso de Maldonado es que su salto a la política electoral no fue una improvisación. Durante años impulsó reformas legales, participó en foros internacionales y construyó redes con otros movimientos sociales. Cuando en 2021 aceptó la candidatura presidencial por el partido Pueblo Soberano, sabía que las posibilidades de ganar eran reducidas. Pero su objetivo iba más allá de los votos: se trataba de normalizar la presencia de cuerpos y voces históricamente marginadas en los espacios de poder.
Durante la campaña, Maldonado no eludió los debates incómodos. Habló de la necesidad de una reforma fiscal progresista, de la crisis de vivienda y, por supuesto, de los derechos de la población LGBTQ+. Pero también enfrentó agresiones, burlas y un escrutinio que ningún candidato cisgénero soporta. Su respuesta fue la misma que en el activismo: seguir explicando, seguir apareciendo.
El peso simbólico de una candidatura
Es fácil caer en la trampa de medir el éxito de una campaña solo por los resultados electorales. Maldonado obtuvo un porcentaje pequeño de votos, pero el impacto fue profundo. Para miles de personas trans en Costa Rica y la región, ver a una mujer trans en un debate presidencial, con propuestas concretas y sin pedir disculpas por existir, cambió la conversación.
En un país donde la ley de identidad de género data de 2018, y donde la discriminación laboral y social sigue siendo brutal, la candidatura de Maldonado puso sobre la mesa una pregunta que muchos preferían ignorar: ¿por qué la democracia sigue excluyendo a quienes más necesitan ser representados?
Más allá del símbolo
Alfonsina Maldonado también ha sido crítica con ciertas formas de activismo institucional que se quedan en la declaración de principios sin tocar las estructuras económicas. En entrevistas, ha señalado que la lucha trans no puede separarse de la lucha contra la pobreza, el racismo y la precariedad laboral. Esa interseccionalidad no es teórica en su caso: viene de haber vivido en carne propia la exclusión.
Su legado quizá no esté en leyes aprobadas durante su candidatura, sino en la semilla que plantó: la idea de que una persona trans no solo tiene derecho a votar, sino a ser votada, a gobernar, a decidir sobre los recursos públicos. Y que cuando eso ocurre, el sistema político deja de ser un club cerrado y empieza a parecerse un poco más a la sociedad que dice representar.
Hoy Alfonsina Maldonado sigue activa, escribiendo, hablando, organizando. No necesita un cargo para tener influencia. Su sola existencia en la esfera pública ya es un acto político que desafía la norma.