La corona que no deja de pesar

Hay algo extrañamente anticuado en ver a mujeres de más de ochenta países alineadas en traje de baño mientras un jurado anónimo decide cuál merece ser coronada "la más bella del universo". Y sin embargo, Miss Universo sigue existiendo, año tras año, adaptándose a los tiempos sin lograr del todo deshacerse de su contradicción fundamental: promover la inclusión desde un escenario construido sobre estándares físicos que siempre excluyen más de lo que abrazan.
El certamen nació en 1952 como una estrategia de marketing de una marca de ropa interior en California. Lo que comenzó como un concurso de belleza playera se convirtió en un fenómeno global que ha sobrevivido a dictaduras, crisis económicas y, más recientemente, a la creciente presión de movimientos que cuestionan la objetificación del cuerpo femenino. La pregunta obligada es: ¿cómo se mantiene relevante una institución cuyos cimientos parecen tan incompatibles con el presente?
La respuesta parcial está en las reformas. Miss Universo eliminó la ronda de traje de baño obligatorio en 2018, permitió a madres y mujeres casadas competir a partir de 2023, y abrió la participación a mujeres trans desde 2012. Estos cambios, anunciados con fanfarria mediática, sugieren una evolución inevitable. Pero la tensión persiste. Porque aunque las reglas cambien, el escenario sigue siendo el mismo: mujeres jóvenes siendo evaluadas, comparadas y clasificadas ante millones de espectadores.
Lo curioso es que muchas participantes describen la experiencia en términos opuestos a la crítica habitual. Hablan de hermandad internacional, de plataformas para causas sociales, de la oportunidad de financiar estudios o proyectos personales. Para quienes provienen de países con recursos limitados, la posibilidad de visibilizar problemas locales ante una audiencia global no es trivial. La corona, en ese sentido, funciona como megáfono imperfecto pero real.
El problema es que este argumento utilitario —"sirve para algo bueno a pesar de todo"— nunca resuelve del todo la incomodidad. Un megáfono no necesita de tacones de quince centímetros ni de preguntas capciosas sobre la paz mundial para amplificar voces. La estructura del concurso impone condiciones que sus defensores prefieren no examinar demasiado de cerca.
La edición reciente celebrada en México en 2024 ilustró esta ambivalencia. Por primera vez en décadas, el evento generó conversación genuina más allá de los círculos habituales, no por quién ganó, sino por la repentina aparición de Sheynnis Palacios en escenarios públicos con una actitud que algunos interpretaron como desinterés, y otros como honestidad agotada. La exmiss se convirtió en meme, en crítica, en defensa. Lo que reveló fue algo que el certamen prefiere ocultar: el desgaste real de quienes atraviesan esa máquina de producción de imágenes, el costo humano de mantener sonrisas impecables durante meses de obligaciones contractuales.
Miss Universo sobrevive porque ha aprendido a modular su propia irrelevancia. Ya no pretende definir la belleza universal —sería absurdo en una era de diversidad estética reconocida— sino que ofrece un espectáculo de transformación personal. Cada concursante es presentada como historia de superación, como si el concurso fuera terapia de grupo con transmisión en vivo. Esta narrativa emocional, aunque manipulable, conecta con audiencias que buscan algo más que superficialidad en su entretenimiento.
La pregunta que el certamen no puede responder es hasta dónde pueden extenderse estas reformas sin disolver lo que lo hace reconocible. Si elimina completamente la evaluación física, deja de ser concurso de belleza. Si mantiene alguna forma de clasificación corporal, sigue siendo objeto de crítica legítima. Vive en un limbo estratégico, apostando a que la acumulación de cambios simbólicos eventualmente supere la memoria de sus orígenes.
Mientras tanto, millones siguen viéndolo, muchos con ironía, otros con genuino interés, la mayoría con la distancia cómoda de quien sabe que esto no representa nada fundamental sobre la condición humana pero tampoco le causa daño directo. La corona pesa menos de lo que parece, pero sigue pesando. Y eso, quizás, sea lo más honesto que puede decirse de una institución que nunca pidió permiso para existir y que tampoco parece pedir disculpas por seguir ahí.

Source: HotArticle

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