Lo que Hombres G entendieron antes que nadie sobre ser adolescente

Hay canciones que se han convertido en un reflejo automático. No hace falta que nadie las anuncie: suenan los primeros acordes de "Devuélveme a mi chica" y una sala entera —gente de veinte, de cuarenta y de sesenta años— responde al unísono, con las manos arriba y sin ningún tipo de vergüenza. Es un fenómeno extraño para un grupo al que durante años se le discutió casi todo: el sonido, las letras, la seriedad. Hombres G nunca fue una banda respetada por cierta crítica. Y, sin embargo, ahí sigue, más de cuatro décadas después, funcionando como una máquina de memoria colectiva.
Para entender por qué, conviene volver al Madrid de comienzos de los ochenta, cuando la ciudad bullía entre la movida, los conciertos en sótanos y una escena que premiaba lo extravagante. Cuatro amigos —David Summers, Dani Mezquita, Rafa Gutiérrez y Javier Molina— armaron un grupo y lo bautizaron con un nombre que venía del cine: cuentan que Summers lo tomó de "G-Men", la película de 1935 en la que James Cagney interpretaba a un agente federal, uno de esos "hombres G" del título. No era un nombre solemne ni misterioso. Era más bien una declaración de intenciones: aquí nadie venía a ser importante.
Los primeros singles pasaron casi desapercibidos hasta que una canción sencilla sobre una chica llamada Marta empezó a sonar en la radio y les abrió una puerta. En 1985 llegó su primer álbum, "Hombres G", y con él "Devuélveme a mi chica", "Venezia" y "Sufre, mamón", tres canciones que resumen bastante bien su mundo: el chico que pierde, el chico que insiste, el chico que se queja con humor. Un año después, "La cagaste... Burt Lancaster" les dio otro puñado de estribillos —"El ataque de las chicas cocodrilo" entre ellos— y el grupo dejó de ser una promesa para convertirse en un fenómeno.
Lo llamativo de su fórmula es lo poco que se parecía a una fórmula. Las canciones eran cortas, melódicas, casi naíf; los arreglos no buscaban sofisticación; la voz de Summers no presumía de virtuosismo. Pero había algo en las letras que conectaba con una experiencia muy concreta y muy poco cantada con dignidad: la torpeza. Sus protagonistas no eran héroes románticos. Eran chicos que no sabían qué decir, que confundían el deseo con el ridículo, que se enamoraban de quien no debían y lo contaban sin disimular. Ese registro, mitad cómico y mitad doloroso, es exactamente el de la adolescencia, y pocos grupos lo han retratado sin condescendencia.
También ayudó que no se tomaran a sí mismos demasiado en serio. En 1987 protagonizaron "Sufre, mamón", una película dirigida por Manuel Summers, padre de David, que trasladó su estética de playa, verano y desparpajo a la pantalla. La cinta no pasó a la historia del cine, pero confirmó algo: el grupo entendía que su público no quería solemnidad, quería pasárselo bien. Años después rematarían la idea con un título de disco que funciona casi como manifiesto: "Voy a pasármelo bien" (1989).
Ahí empezó la contradicción que los acompaña desde entonces. Mientras el público llenaba recintos y cantaba cada palabra, buena parte de la crítica los miraba por encima del hombro: música ligera, letras simples, frivolidad comercial. Fue un veredicto que envejeció mal. Porque aquellas canciones que entonces se consideraban menores hoy forman parte del cancionero popular español, y no como curiosidad nostálgica, sino como repertorio vivo, que se canta en fiestas, en verbenas y en festivales donde comparten cartel con bandas mucho más "modernas".
Conviene decirlo también: no todo ha envejecido igual de bien. Algunas letras, leídas hoy, suenan fechadas, con bromas sobre el aspecto físico o con esa insistencia del chico que no acepta un no como respuesta. Reconocerlo no le quita mérito a lo que hicieron, pero forma parte de la conversación actual sobre el pop de aquellos años, y explicar su éxito sin mencionarlo sería contar solo la mitad de la historia.
El otro gran capítulo se escribió al otro lado del Atlántico. En México y en buena parte de Latinoamérica, Hombres G fue algo más que un grupo español de moda: fue la banda de una generación entera. Sus canciones cruzaron el océano y se instalaron en la memoria de miles de personas que nunca vieron la movida madrileña, pero que sabían perfectamente lo que era que te dejara la chica que te gustaba. Ese ida y vuelta entre España y América sostiene buena parte de su longevidad.
Después vino el silencio. A comienzos de los noventa, tras "Historia del bikini", el grupo se tomó un descanso que acabó siendo una separación de casi una década; Summers, en particular, construyó una carrera en solitario. Volvieron en 2002 con "Peligrosamente juntos" y descubrieron algo que probablemente no habían previsto: el público que los había seguido en los ochenta tenía ahora hijos, y esos hijos se sabían las canciones igual que sus padres. Luego llegaron "Todo esto es muy extraño" (2004), "10" (2007) y "Desayuno con pistolas" (2010), discos que no intentaron reinventar su sonido, sino mantenerlo reconocible.
Esa decisión, que podría leerse como comodidad, es en realidad coherente con lo que siempre fueron. Hombres G nunca ha pretendido estar a la vanguardia. Su apuesta ha sido otra: escribir canciones que la gente pueda cantar a gritos sin pensar, sobre las cosas más comunes del mundo —enamorarse tarde, quedarse fuera, hacer el ridículo— y hacerlo sin pedir perdón.
Se puede discutir si eso es arte mayor. Lo que no se puede discutir es que funciona. Cuatro décadas después, cuando suena el primer acorde, nadie se queda sentado. Y hay pocas cosas más difíciles en la música popular que conseguir eso.

Source: HotArticle

Original link: https://www.hotarticle24.com/n46olv0i

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