El senador Calisto y el arte de la política tradicional

Nunca he conocido al senador Calisto en persona, y me atrevería a decir que usted tampoco. No aparece en los titulares internacionales ni protagoniza escándalos virales. Sin embargo, si usted pasa un tiempo suficiente en los pasillos de cualquier parlamento o congreso regional, tarde o temprano escuchará su nombre. No pronunciado con el fervor que se reserva para los líderes carismáticos o los revolucionarios, sino con un tono distinto, casi de respetuosa familiaridad. Es el tono que se usa para nombrar a quienes forman parte del mobiliario permanente del poder.
Calisto representa un tipo de político que las democracias modernas dicen despreciar pero que, en la práctica, no pueden dejar de producir. Es el senador por antonomasia: no el senador idealizado de los libros de texto, sino el senador funcional, el que hace que la maquinaria legislativa, lenta y pesada, siga girando. Su carrera no se construye a base de grandes discursos ante multitudes, sino de incontables reuniones en despachos con cortinas pesadas, de apretones de manos en recepciones, de la paciente acumulación de favores y lealtades.
Su poder es de un tipo particular. No es el poder del carisma, que atrae cámaras y genera movimientos. Es el poder de la procedimiento, del conocimiento arcano de los reglamentos, de saber exactamente en qué momento presentar una enmienda o cómo retrasar una votación sin parecer que la está retrasando. Es el poder de quien conoce los nombres de los asistentes parlamentarios, de los jefes de comisión, de los funcionarios de carrera que realmente administran el día a día. Mientras los líderes de turno suben y bajan según los ciclos electorales y los humores de la opinión pública, Calisto permanece. Su circunscripción electoral no es solo un territorio en el mapa; es una red de intereses, de familias notables, de sectores económicos locales que han aprendido, tras décadas, que él es un canal confiable, aunque no siempre rápido.
Esta permanencia genera una paradoja. Por un lado, encarna la estabilidad y la experiencia. En una cámara llena de neófitos entusiastas y agitadores ideológicos, él es el guardián de la memoria institucional. Sabe por qué una ley similar fracasó quince años atrás, recuerda las promesas incumplidas de gobiernos pasados y conoce los compromisos tácitos que sostienen el frágil equilibrio político. Por otro lado, representa la inercia, la resistencia al cambio, la política entendida como gestión más que como transformación. Para sus críticos, es la personificación de todo lo que está mal en el sistema: el clientelismo, el aislamiento de las élites, la desconexión con las urgencias ciudadanas.
Pero juzgarlo solo como un fósil político sería un error. La supervivencia de Calisto a lo largo de múltiples legislaturas, independientemente del color del gobierno de turno, sugiere una habilidad más profunda: la de la adaptación. No es el tipo de adaptación estridente que lanza nuevos eslóganes; es la adaptación silenciosa. Aprende el nuevo vocabulario político de cada época (“sostenibilidad”, “transformación digital”, “transparencia”) y lo incorpora a su discurso sin alterar sustancialmente su método. Negocia con los nuevos actores, ya sean jóvenes diputados tecnócratas o representantes de movimientos sociales, encontrando siempre el punto mínimo de acuerdo que permita seguir adelante, o mejor aún, posponer la decisión.
Quizás el legado más significativo de un senador como Calisto no sea una ley epónima ni una reforma histórica. Es la continuidad misma del Estado. En medio de crisis, polarización y cambios bruscos, figuras como él actúan como lastre, impidiendo que el barco se vuelque por completo. Esta es su virtud y, al mismo tiempo, su mayor limitación. Garantizan que el sistema no colapse, pero también que no se renueve con la velocidad que muchos anhelan.
Al final, el senador Calisto es un recordatorio de que la política tiene dos velocidades. Está la velocidad del debate público, de las noticias diarias, de las promesas de campaña, que es rápida, emocional y a menudo superficial. Y está la velocidad lenta, casi geológica, de las instituciones, donde los cambios reales se miden en décadas, no en ciclos noticiosos. Calisto opera en esta segunda velocidad. No es un héroe ni un villano de novela; es un administrador del statu quo. Y en un mundo obsesionado con la disrupción, su persistencia silenciosa nos obliga a preguntarnos: ¿qué valor tiene, en realidad, la simple permanencia?

Source: HotArticle

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