Basta con encender el noticiero de la tarde para que el nombre de La Pintana aparezca en pantalla asociado a una cinta amarilla, a un operativo policial o a una cifra de inseguridad. Para gran parte de la ciudad, esta comuna del sur de Santiago se ha reducido a un titular de crónica roja. Sin embargo, quien se toma la molestia de bajar del auto y caminar sus veredas un martes a las ocho de la mañana, se encuentra con una realidad que los mapas de calor del delito no logran capturar: el ruido ensordecedor y vital de la vida cotidiana.
Cargar con el estigma de ser una "zona roja" es una mochila pesada para cualquier territorio. En el imaginario colectivo de la capital chilena, el sur de Santiago suele dibujarse como una periferia difusa, un lugar de paso o de conflicto. Esta mirada externa, casi siempre sesgada por el miedo y la distancia, borra de un plumazo la complejidad de un lugar donde habitan más de ciento setenta mil personas. Reducir La Pintana a sus problemas estructurales es un ejercicio de pereza mental que ignora por completo la densidad de su tejido social.
Si algo caracteriza a las poblaciones de La Pintana, es la urgencia de la comunidad. Aquí, la red de apoyo no es un concepto abstracto de manual de sociología, sino una herramienta diaria de supervivencia y convivencia. Se nota en las ferias libres que colorean las avenidas principales los fines de semana, en las juntas de vecinos que gestionan la seguridad de sus propias calles cuando las instituciones parecen ausentes, y en los clubes deportivos que mantienen a los jóvenes alejados de las esquinas. El sentido de pertenencia en este sector no se hereda por inercia; se construye a pulso, defendiendo cada plaza, cada multicancha y cada sede social como trincheras de dignidad.
Tampoco es una comuna estática, atrapada en la nostalgia de las tomas de terreno de mediados del siglo pasado. Hoy, La Pintana está siendo reescrita por sus propias generaciones. Colectivos culturales, muralistas y agrupaciones medioambientales están disputando el relato desde adentro. Son jóvenes que salieron a estudiar a universidades del centro o del sector oriente, y que regresan con la intención de instalar centros culturales, huertos comunitarios o talleres de oficios en sus propios barrios. Hay una batalla silenciosa pero constante por el espacio público, por exigir que el arbolado urbano, la iluminación, las ciclovías y el transporte no sean privilegios exclusivos de las comunas con mayores ingresos.
Mirar La Pintana exige quitarse las gafas del prejuicio. No se trata de romantizar la pobreza ni de ignorar las graves carencias en infraestructura, salud y seguridad que aún golpean a sus habitantes, las cuales requieren soluciones urgentes y recursos reales. Se trata de reconocer que la resiliencia no es solo soportar el golpe, sino la capacidad de seguir organizando la vida, el comercio y la cultura en medio de la adversidad.
Santiago no puede pretender entenderse a sí misma si sigue dando la espalda a su sur, tratándolo como un patio trasero problemático. La Pintana no es el margen de la ciudad; para cientos de miles de personas que madrugan cada día para sacar a sus familias adelante, es el centro absoluto de su mundo.
La Pintana: El territorio que se resiste a ser solo un titular
Source: HotArticle
Original link: https://www.hotarticle24.com/ngioivi3