Hay figuras de la televisión que se construyen con paciencia: una imagen cuidada, un guion aceitado, una manera de responder que no incomoda a nadie. Y hay otras que, casi sin buscarlo, se vuelven reconocibles por lo contrario: porque dicen en voz alta lo que el resto prefiere dejar en suspenso. María Eugenia Lozano —Maju, para casi todos— pertenece a ese segundo grupo.
Su recorrido no empezó frente a la cámara. Como tantos comunicadores argentinos, se formó en la radio, ese territorio donde no hay vestuario, ni luces, ni un plano que te favorezca. Ahí se aprende a sostener una conversación con la voz sola, a escuchar de verdad y a distinguir cuándo conviene callarse. Después llegaron los programas de panel, ese formato que la televisión argentina convirtió en un género propio: varias personas alrededor de una mesa, un tema, y la obligación silenciosa de tener una posición.
En ese terreno Maju se hizo conocida. No por gritar más fuerte que los demás, sino por poner el cuerpo en lo que decía. Con el tiempo llegó también la conducción: ciclos propios, con su nombre en el pizarrón, donde pudo elegir los temas en lugar de reaccionar a los que le tocaban.
El tema que todos miran y casi nadie nombra
Durante años, el cuerpo de Maju Lozano fue parte del espectáculo. No por decisión suya, sino porque la televisión tiene la costumbre de convertir el peso ajeno en comentario, en chiste, en etiqueta. Ella respondió primero con humor —el recurso más rápido para desactivar una incomodidad— y más tarde con otra cosa: con relatos en primera persona sobre las dietas interminables, los tratamientos, los cambios de hábitos y el desgaste de mirarse con los ojos de los demás.
Ese giro tiene más mérito del que parece. En un medio que premia la delgadez como si fuera un logro moral, hablar del propio cuerpo sin pedir disculpas es una forma de desobediencia tranquila. No se trata de un discurso armado ni de una consigna, sino de algo más simple y más difícil: contar lo que pasa cuando uno deja de esconderse.
La salud mental, contada sin dramatismo
En más de una entrevista, Maju habló de sus años de terapia, de la ansiedad, de la necesidad de pedir ayuda y de los momentos en que la cabeza no acompaña. Lo hizo sin convertir el tema en un espectáculo ni en una lección. Ese registro intermedio —ni victimizarse ni minimizar— es poco frecuente en la televisión, donde los problemas suelen entrar por la puerta del escándalo o de la epifanía.
También habló de sus propios sustos de salud, esos episodios que obligan a frenar y a reordenar prioridades. Y lo hizo con la misma lógica: nombrar lo que ocurrió, sacarle el mysterio, seguir adelante. Para quien mira desde su casa, ese gesto tiene un efecto concreto. Cuando alguien conocido dice "me pasó esto", otros pueden empezar a decir "a mí también".
Lo que cambia cuando alguien lo dice primero
Existe una idea bastante extendida de que los famosos hablan de sus problemas para llamar la atención. A veces es cierto. Pero el efecto secundario es real: cada vez que una figura pública pone en palabras algo que estaba en la zona del silencio, ese tema se vuelve un poco más conversable para el resto.
La salud mental, la relación con la comida, el paso del tiempo, el cansancio de sostener una imagen: todos esos asuntos dejaron de ser tabú en la conversación pública argentina en parte porque hubo personas dispuestas a exponerse primero. Maju Lozano es una de ellas, y no por vocación de referente, sino porque le resultó más honesto contar que ocultar.
El costo de no disimular
Conviene decirlo: la sinceridad en televisión no siempre se premia. Quien dice lo que piensa se expone a la crítica, a la cargada, a los títulos de los portales que recortan una frase y la convierten en otra cosa. Maju atravesó varias de esas tormentas, algunas por temas de trabajo, otras por declaraciones que se leyeron fuera de contexto. Sostener una voz propia en un medio que cambia de humor cada temporada tiene un precio.
Ese es, quizás, el aspecto menos comentado de su carrera. No la anécdota ni el chiste, sino la constancia: seguir apareciendo, decir lo que se piensa, bancarse el resultado.
Hay una escena que se repite en la televisión argentina. Un panel discute un tema difícil, alguien lo esquiva con una broma y todo sigue como antes. Hasta que una persona se corre del libreto y cuenta algo propio. Es un movimiento pequeño, casi doméstico, pero cambia la temperatura de la conversación. Maju Lozano construyó una carrera haciendo, una y otra vez, ese movimiento.