La palabra túnel suele evocar imágenes de carreteras que atraviesan montañas, trenes que desaparecen bajo una ciudad o pasajes que conectan dos países separados por el mar. Sin embargo, un túnel es mucho más que un simple pasadizo: es una de las soluciones de ingeniería más complejas y fascinantes que existen. En esencia, se trata de una obra subterránea lineal, generalmente con sección cerrada, cuya función principal es permitir el paso de personas, vehículos, agua u otros elementos a través de obstáculos naturales o urbanos. Puede atravesar una montaña, cruzar el fondo de un río o incluso descender cientos de metros bajo la superficie.
La historia de los túneles es mucho más antigua de lo que se cree. Civilizaciones antiguas ya excavaban galerías subterráneas para abastecerse de agua, como los qanats persas o el túnel de Ezequías en Jerusalén, construido hace casi tres mil años. También los romanos desarrollaron una notable capacidad para perforar montañas con técnicas rudimentarias pero eficaces. Desde entonces, la tecnología no ha dejado de evolucionar, y hoy somos capaces de construir túneles bajo los Alpes, debajo del mar y en el corazón de megaciudades.
Existen distintos tipos de túnel según su función. Los más conocidos son los túneles de carretera, diseñados para que los vehículos atraviesen montañas o crucen bajo ríos y bahías sin interrumpir el tráfico. Les siguen los túneles ferroviarios, que permiten que el tren mantenga velocidades altas evitando pendientes pronunciadas. También están los túneles de metro, que conforman las redes de transporte público subterráneo de las grandes ciudades; los túneles peatonales, pensados para conectar calles o edificios; y los túneles hidráulicos, empleados para conducir agua hacia presas, centrales eléctricas o sistemas de riego. A estos se suman los túneles mineros, que dan acceso a yacimientos subterráneos, y los túneles de servicios, por los que transcurren cables, tuberías y conducciones que mantienen viva una ciudad.
Atendiendo a su ubicación, se habla de túneles de montaña, túneles urbanos y túneles submarinos. Cada uno presenta desafíos distintos. En una montaña, el problema principal es la geología: no es lo mismo perforar granito duro que atravesar zonas de tierra suelta o materiales que se expanden al contacto con el agua. En ciudad, el mayor reto es no dañar los edificios, las tuberías y los cimientos que existen justo encima de la excavación. En un túnel submarino, la presión del agua se convierte en una amenaza constante: cualquier filtración mínima puede transformarse en una catástrofe si no se controla con un sellado adecuado.
Construir un túnel no responde a una única técnica, sino a un conjunto de métodos que se eligen según el terreno, la longitud, la profundidad y el presupuesto. Uno de los sistemas más sencillos es el de cielo abierto, que consiste en excavar una zanja, construir la estructura y volver a cubrirla con tierra. Es una opción frecuente en los túneles urbanos poco profundos. La técnica de corte y cubierta, muy utilizada en los primeros metros del metro, funciona de manera parecida: se abre una excavación, se levanta el túnel y después se restaura la superficie.
Para hacer túneles profundos en montaña, en cambio, se emplean métodos de excavación con perforación y voladura. Se trata de un proceso cíclico en el que los equipos de perforación abren pequeños orificios en el frente del túnel, los rellenan con explosivos controlados y detonan la roca para luego retirar los escombros. Este enfoque se ha combinado con el llamado método belga o con técnicas de sostenimiento inmediato, como el sistema de nuevos túneles austriacos, que aprovecha la propia roca circundante como parte de la estructura. Frente a estos métodos tradicionales, las tuneladoras o máquinas de perforación integral se han convertido en la opción más habitual para grandes proyectos. Estas enormes máquinas, capaces de medir más de cien metros de longitud, avanzan de forma continua mientras cortan la roca con sus cabezas giratorias llenas de discos de corte. Detrás dejan un túnel perfectamente circular, con el revestimiento de hormigón ya instalado. Su precisión y velocidad son impresionantes, aunque instalar una tuneladora exige un trabajo previo considerable.
En el caso de los túneles sumergidos, la técnica dominante es la de construcción por flotación: se fabrican grandes secciones de hormigón en tierra o en diques secos, se remolcan hasta el lugar elegido y se sumergen con cuidado en una zanja preparada en el fondo del agua. Luego se unen entre sí de manera hermética. Así se construyeron algunos tramos que cruzan el río Bósforo o el túnel de la bahía de Chesapeake.
Más allá de la excavación, un túnel necesita numerosos sistemas para funcionar con seguridad. La ventilación es uno de los más críticos, especialmente en túneles de carretera largos, donde los gases de los vehículos deben evacuarse de forma constante. La iluminación también importa, porque el ojo humano tarda en adaptarse al pasar de la luz exterior a la penumbra del interior, y una buena iluminación de transición evita accidentes. No menos importante es el drenaje: el agua que se filtra o se acumula debe ser bombeada y conducida a puntos de salida, de lo contrario acabaría inundando la vía. Además, un túnel moderno cuenta con señalización clara, cámaras de vigilancia, altavoces, puntos de emergencia y, en muchos casos, sistemas de detección y extinción de incendios.
Hablar de túneles obliga a mencionar algunas obras que han marcado un antes y un después en la ingeniería mundial. El túnel de base del San Gotardo, en Suiza, es el túnel ferroviario más largo del planeta, con 57 kilómetros de longitud, y permite a los trenes cruzar los Alpes a gran velocidad y gran profundidad. El túnel Seikan, en Japón, conecta las islas de Honshu y Hokkaido bajo el estrecho de Tsugaru y durante años fue el túnel submarino más extenso del mundo. El Eurotúnel, bajo el Canal de la Mancha, une Francia e Inglaterra con unos cincuenta kilómetros de galerías, de los cuales cerca de 38 discurren bajo el mar, una obra histórica que demostró que cruzar una frontera excavando bajo el agua era posible. En América Latina destaca el túnel de La Línea, en Colombia, que atraviesa la cordillera Central a más de dos mil quinientos metros de altitud y supuso un desafío enorme por la complejidad geológica de la zona. Y en Asia, el túnel de Fenghuoshan, en la meseta tibetana, se construyó para soportar temperaturas extremadamente bajas y condiciones de permafrost.
Cada una de estas obras tuvo que resolver problemas específicos. En el San Gotardo, la abrasión de las rocas desgastaba los discos de corte de la tuneladora con rapidez, lo que obligó a desarrollar nuevos materiales y estrategias de mantenimiento. En el Eurotúnel, la humedad y la presión del agua forzaron a diseñar un revestimiento extremadamente estanco. En el túnel de La Línea, los ingenieros se enfrentaron a movimientos del terreno y filtraciones que obligaron a retrasar y rediseñar el proyecto en varias ocasiones. Estas dificultades no son excepciones: son una parte inevitable de cualquier gran excavación subterránea, y por eso un buen estudio geológico previo es tan importante como la propia máquina perforadora.
El factor humano también es decisivo dentro de un túnel. Los conductores deben respetar las normas específicas de estas infraestructuras: mantener una distancia prudente, no detenerse salvo emergencia, encender las luces y circular por el carril correcto. Ante un incendio o un accidente, la prioridad máxima es salir del túnel rápidamente, aunque para ello haya que abandonar el vehículo y dirigirse hacia la salida o los refugios de emergencia. Los equipos de rescate, por su parte, reciben formación continua para operar en espacios cerrados y llenos de humo, donde la visibilidad y las comunicaciones se complican. Saber cómo comportarse dentro de un túnel puede marcar la diferencia entre un susto y una tragedia.
Otra cuestión que despierta curiosidad es la de las cifras. Muchos túneles de montaña en Europa superan los quince kilómetros; los túneles urbanos pueden esconder decenas de estaciones y kilómetros de vías bajo una sola ciudad; y las tuneladoras más potentes pesan miles de toneladas. Pero quizá lo más fascinante es que un túnel no es un pasaje vacío: es un espacio vivo, vigilado, ventilado, iluminado y mantenido constantemente, en el que trabajan técnicos, operadores y especialistas que casi nunca se ven desde el exterior.
Mirando hacia el futuro, los túneles seguirán desempeñando un papel clave en la movilidad del mundo. Se planean nuevos enlaces submarinos en el norte de Europa y en Asia, se estudian túneles de vacío para trenes ultrarrápidos y se investigan materiales más resistentes y sostenibles. La necesidad de reducir emisiones y de conectar territorios separados por montañas o mares hará que la ingeniería subterránea sea aún más relevante. Lo que a veces parece una simple manera de evitar una montaña es, en realidad, una de las mayores expresiones de la capacidad humana para transformar el paisaje y acortar distancias.
Túnel: qué es, cómo se construye y las grandes obras subterráneas del mundo
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