En cualquier reunión familiar hay un momento en el que alguien entra por la puerta y, antes de que salude, ya lo han nombrado: “Ahí viene el pelón”. No hace falta señalar a quién se refieren. La palabra actúa como una señal de humo: identifica, reduce, acompaña. En muchos hogares hispanos, los apodos físicos funcionan como una especie de GPS emocional. El gordo, el flaco, el chino, el alto, el pelón. Son etiquetas que se pegan antes de que alguien nos pida opinión.
Llamar “pelón” a alguien no siempre es crueldad. A veces es cariño, rutina, una forma de reclamar cercanía sin abrazos. Pero cariño no significa inocuo. Cuando un hombre empieza a perder cabello, el cambio no ocurre solo en el espejo: ocurre en la boca de los demás. Primero hay una broma casual, luego un comentario en el trabajo, después el apodo se cuela en los grupos de WhatsApp y, de pronto, ya no eres Luis, eres “el pelón”. La transición puede ser rápida y casi imperceptible.
La pérdida de cabello sigue siendo, sobre todo, un asunto masculino silenciado. Se habla poco del malestar que produce ver cómo se ensancha una entradilla o cómo la coronilla se ilumina bajo cierta luz. En cambio, se habla mucho de soluciones: champús milagrosos, transplantes, pastillas, gorras. Pareciera que la sociedad acepta que un hombre calvo sea gracioso, sabio o imponente, pero rara vez vulnerable. Perder el cabello no duele físicamente, pero obliga a revisar la imagen que uno tenía de sí mismo.
Hay quienes deciden combatirlo. Hay quienes optan por raparse y convertir la calvicie en estilo. Otros la disimulan con gorras, peinados estratégicos o barbas recargadas. Cada opción es válida, pero ninguna es neutral. Raparse, por ejemplo, puede sentirse como recuperar el control: si ya me van a llamar pelón, que sea por elección. Es un gesto pequeño de rebeldía contra la etiqueta.
Lo curioso es que “pelón” no describe solo una cabeza. Describe una categoría. En las series, el calvo suele ser el villano, el sabio, el duro o el cómico. En la vida real, el pelón es el primo, el vecino, el jefe, el compañero de gimnasio. La palabra lo reduce a una característica, aunque su historia sea mucho más amplia. Y ese es el truco de los apodos físicos: nos hacen creer que conocemos a alguien porque sabemos cómo se ve.
En el fondo, “el pelón” es un recordatorio incómodo de lo mucho que nos obsesiona la apariencia ajena. Nombrar a alguien por su cuerpo es una forma de ordenar el mundo, de ponerle etiquetas para no pensar demasiado. Pero las personas no son inventarios de rasgos. Detrás del apodo hay alguien que se levanta, se mira al espejo y decide, cada mañana, cómo quiere enfrentar el día.
No hay que abolir los motes. Forman parte del lenguaje familiar y, en muchos casos, del afecto. Pero conviene recordar que un apodo es un atajo, no una definición. El pelón tiene nombre propio. Y, con suerte, también tiene sentido del humor.
El pelón y el apodo que nos precede
Source: HotArticle
Original link: https://www.hotarticle24.com/5w7o0jsf