En la mayoría de los municipios españoles, la figura del concejal funciona como el teléfono descolgado de la democracia local: todo el mundo sabe que existe, pocos lo utilizan, y cuando alguien finalmente decide llamar, espera demasiado tiempo al otro lado de la línea. No es que los concejales sean innecesarios. El problema es que hemos construido un sistema en el que su utilidad real queda oscurecida por la burocracia, la falta de recursos y una cierta confusión sobre qué esperamos exactamente de ellos.
La palabra "concejal" viene del latín medieval consiliarius, que significa precisamente "consejero". No gobernante, no ejecutor, sino alguien que aporta consejo, que participa en la deliberación. Esa etimología revela una tensión constante en la política municipal: los concejales están llamados a representar los intereses de sus vecinos, pero rara vez disponen del tiempo ni de las herramientas para conocer realmente qué piensan esos vecinos.
Hay algo particularmente extraño en cómo elegimos a nuestros concejales. En las elecciones municipales, la mayoría de votantes eligen partidos, no personas. Marcan una sigla y confían en que la lista establecerá un orden razonable de prioridades. El resultado es que muchos concejales acceden a sus puestos sin que nadie, en sentido estricto, haya votado por ellos específicamente. Son producto de una aritmética partidista, no de una elección personal. Esto no los invalida, pero explica cierta distancia que percibimos: el concejal del barrio que no sabemos quién es, la concejala de cultura a la que nunca hemos visto en ningún acto cultural.
El trabajo real de un concejal suele ocurrir en espacios invisibles. Las comisiones informativas, los plenos que se alargan hasta la madrugada, las reuniones con asociaciones de vecinos que apenas consiguen llenar una sala. No es glamuroso. En municipios pequeños, los concejales a menudo no cobran o perciben una asignación simbólica, lo que convierte la política local en un hobby costoso o en una inversión para quienes aspiran a escalones superiores. En ciudades grandes, la profesionalización ha creado una clase de políticos municipales que pueden vivir de su cargo, pero también han desarrollado técnicas para sobrevivir mediáticamente sin enfrentarse demasiado a los problemas concretos de sus distritos.
La pandemia ilustró esta ambigüedad. De pronto, los concejales se encontraron gestionando una crisis sin precedentes: organizando entierros, repartiendo alimentos, intentando que la información llegara a quienes no tenían internet. Muchos descubrieron que su trabajo cotidiano había subestimado la fragilidad de los vínculos comunitarios. Otros simplemente desaparecieron, superados por la magnitud de lo que se les pedía. No hubo un patrón único, porque no hay un modelo único de concejalía en España.
Lo más interesante del sistema es que, a pesar de todo, funciona mejor de lo que merece. Los concejales de oposición consiguen, a veces, que se revise un proyecto urbanístico arbitrario. Los de gobierno local logran, en ocasiones, que una plaza se reforme o que una escuela reciba el arreglo que llevaba años esperando. El mecanismo es lento, imperfecto, pero no está vacío. La democracia local tiene la virtud de la cercanía física: un concejal vive, generalmente, en el municipio que representa, debe cruzarse con los insatisfechos en la panadería, soportar reproches en el mercado.
El verdadero desafío no es abolir la figura del concejal, sino reimaginar qué podría ser. En algunos ayuntamientos se experimenta con presupuestos participativos, con concejalías de barrio que funcionan de verdad, con horarios de atención que respetan la vida laboral de los ciudadanos. Son intentos de recuperar esa idea etimológica del consejero: alguien que escucha antes de decidir, que está disponible para ser interpelado.
La pregunta que deberíamos hacernos no es por qué los concejales fallan tanto, sino por qué esperamos tan poco de ellos. Hemos normalizado una representación política que funciona por inercia, no por convicción. Tal vez el problema no sea que haya demasiados concejales, sino que hay demasiados que no saben para qué están ahí, y demasiados ciudadanos que tampoco lo saben.
El Concejal que Nadie Elegía y Todos Necesitaban
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