El largo camino a la Copa Africana de Naciones: cuando clasificar ya es ganar

Hay una fecha que no aparece en los carteles de la Copa Africana de Naciones y, sin embargo, decide más que muchos partidos de la fase final. Sucede meses antes, a veces con poca gente en las gradas, en estadios donde un gol de visitante vale oro y donde una derrota puede sentirse como el final de una era. Es el período de clasificación, la antesala silenciosa de la mayor competición futbolística de África.
La clasificación para la Copa Africana de Naciones no atrae las mismas cámaras que el torneo grande, pero es, por momentos, la versión más auténtica del fútbol africano. Para entenderlo hace falta mirar un calendario de eliminatorias y seguir las historias que se esconden detrás de cada resultado.
Un torneo que se define antes de empezar
La AFCON, como se conoce a la Copa Africana de Naciones, nació en 1957 con apenas tres selecciones en liza: Egipto, Sudán y Etiopía. Aquellos fueron años fundacionales, casi artesanales. Con el paso de las décadas, la competición creció hasta convertirse en un evento que moviliza a los 54 países del continente y que obliga a la Confederación Africana de Fútbol (CAF) a organizar un sistema de eliminatorias tan extenso como el propio torneo.
Ese sistema ha cambiado varias veces, pero la lógica se mantiene: los equipos se reparten en grupos, juegan partidos de ida y vuelta durante las fechas internacionales, y los que terminan arriba se ganan el derecho a disputar la fase final. Desde que el torneo pasó de dieciséis a veinticuatro equipos en 2019, la puerta de entrada se ha ensanchado. Sin embargo, la exigencia no ha bajado: ningún rival se regala, y el césped, en algunos casos, tampoco.
Kilómetros y campos desconocidos
Hay un factor que convierte a la clasificación africana en un desafío único en el mundo: la distancia. Muchos de los mejores jugadores del continente juegan en clubes europeos. Durante una ventana internacional, un futbolista puede salir de Londres el lunes, aterrizar en Accra, jugar el miércoles en un estadio con poca iluminación y viajar otro día para jugar a las tres de la tarde en una ciudad del interior con calor extremo. Todo en menos de diez días.
Esa realidad nivela la competencia. Un equipo como Senegal o Marruecos tiene mejores plantillas, pero cuando juega de visitante en un recinto de tierra, con un público que lo envuelve y un viaje que habría agotado a cualquiera, la ventaja se reduce. Por eso cada ciclo de clasificación para la Copa Africana de Naciones deja al menos un resultado que nadie previó.
Además, los partidos se juegan en tiempos que rara vez coinciden con el mejor momento físico de los jugadores. Las fechas FIFA se reparten entre septiembre, octubre, noviembre y marzo, justo cuando las ligas europeas están en plena pelea. Los clubes se quejan, las selecciones se defienden y, al final, los que pagan las facturas son los mismos futbolistas, que acumulan kilómetros y minutos sin descanso.
El orgullo de los pequeños
La clasificación tiene un valor distinto según quién la mire. Para las potencias del continente, clasificarse es casi una obligación. Para las selecciones más modestas, es un hito que trasciende lo deportivo.
Cabo Verde es un buen ejemplo. Ese archipiélago de poco más de medio millón de habitantes, acostumbrado a vivir del talento de su diáspora, logró por primera vez en 2013 meterse en una fase final. No era un grupo sencillo y las previsiones no le daban ninguna oportunidad. Aun así, no solo se clasificó: llegó a los cuartos de final. En las islas, esa clasificación valió más que cualquier título que se haya celebrado después.
Algo parecido ocurrió con Comoras, otra pequeña nación insular que, a comienzos de 2022, disputó su primera Copa Africana de Naciones. Para una selección cuyo nombre apenas aparecía en los mapas del fútbol internacional, la clasificación fue un acontecimiento que movilizó a todo el país. La fase final fue un premio, pero el verdadero logro había ocurrido meses antes, en partidos discretos que pocos transmitieron.
El miedo de los grandes
Mientras tanto, las selecciones más fuertes viven la clasificación con otra clase de presión. No fallar se convierte en una obsesión. Un empate de visitante puede leerse como una crisis, y una derrota, como un terremoto político.
Cada clasificación a la Copa Africana de Naciones cobra la cabeza de más de un entrenador. Las federaciones esperan que los técnicos resuelvan los partidos complicados sin margen de error, y los resultados de las eliminatorias suelen pesar más que cualquier otro logro. Cuando un peso pesado llega a la última jornada sin asegurar su plaza, el ambiente se vuelve casi insoportable: estadios completos, periodistas multiplicando las especulaciones y jugadores que saben que su futuro en la selección depende de noventa minutos.
Esa tensión tiene su lado positivo. Las eliminatorias africanas producen rivalidades que luego incendian la fase final. Los partidos entre equipos vecinos, con historias compartidas y alguna vieja cuenta pendiente, convierten la clasificación en un pequeño torneo en sí mismo. Hay jornadas que se juegan en tres países a la misma hora y que terminan con celebraciones o silencios difíciles de olvidar.
Cuando el viaje vale tanto como el destino
La clasificación también deja huellas silenciosas. Define el ranking FIFA de cada selección, condiciona los bombos de los sorteos, impulsa a patrocinadores a mirar con más atención a equipos emergentes y, sobre todo, sostiene algo intangible: la ilusión de un país entero.
En muchas ciudades africanas, el día del partido de clasificación es un evento social. Los aficionados que no pueden viajar se reúnen alrededor de televisores, los más afortunados llenan autobuses para acompañar al equipo a otra ciudad, y los niños repiten los nombres de los jugadores como si fueran héroes legendarios. Antes incluso de que empiece el torneo, ese viaje ya ha unido a miles de personas en torno a una camiseta.
La Copa Africana de Naciones siempre será la gran cita. Pero la clasificación, con menos atención de la que merece y muchas veces vista como un mero trámite, es el terreno donde el fútbol africano demuestra su verdadera resistencia. No se trata solo de ganar partidos: se trata de llegar. Y llegar, para muchos, ya es una victoria que ninguna otra competición puede explicar.

Source: HotArticle

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