Francisco Ros Casares: El arte de anticiparse a la tormenta tecnológica

Hay directivos que gestionan empresas y hay otros que, además, entienden hacia dónde se mueve la sociedad antes de que el resto lo note. Francisco Ros Casares pertenece a ese segundo grupo, aunque su nombre no aparezca a diario en los titulares. Su trayectoria en el mundo de las telecomunicaciones y la tecnología en España cuenta la historia de alguien que prefirió construir puentes entre la ingeniería, la empresa y la administración pública sin hacer demasiado ruido. Y en un sector acostumbrado a las promesas vacías, ese silencio vale más que mil discursos.
Lo primero que llama la atención al repasar su carrera es la naturalidad con la que transitó entre mundos que a menudo se miran con recelo. Empezó en la ingeniería de telecomunicaciones, un campo que a principios de los ochenta ya olía a futuro pero que pocos sabían hacia dónde explotar. En lugar de encerrarse en el laboratorio, Ros Casares entendió que la tecnología solo cobra sentido cuando se conecta con la estrategia de negocio. Por eso su paso por IBM España fue más que un escalón corporativo: fue el lugar donde aprendió que vender máquinas no sirve de nada si no resuelves problemas reales a las empresas.
Esa lección le acompañó cuando dio el salto al sector de las telecomunicaciones, justo en el momento en que España empezaba a despertar de la resaca del monopolio. En los noventa y principios de los dos mil, el mercado se llenó de nuevos operadores que prometían revolucionar la conectividad, pero la mayoría se estrellaron contra la realidad financiera. Ros Casares piloteó proyectos en ese terreno pantanoso con una mezcla de prudencia y ambición que hoy echamos de menos. Durante su etapa al frente de Auna, una de las operadoras que intentó plantar cara al gigante Telefónica, demostró que se podía competir sin destruir valor y sin caer en la trampa del crecimiento a cualquier precio. No fue un camino fácil —Auna acabó siendo absorbida por otros grupos—, pero dejó una evidencia: la competencia bien gestionada eleva el nivel de todo el sector, aunque el marcador final no siempre refleje quién hizo mejor las cosas.
Quizás por eso, cuando Telefónica decidió reforzar su presencia en Latinoamérica y en Europa, recurrió a él. Ros Casares ocupó puestos directivos en la multinacional española en un momento delicado: la burbuja de las puntocom había estallado, la confianza en las telecos estaba por los suelos y la digitalización de la economía obligaba a repensar negocios enteros. Desde la primera línea, contribuyó a que la compañía entendiera que no bastaba con tender cables y vender minutos; había que convertirse en socio tecnológico de gobiernos y empresas. Aquella visión, hoy asumida por todo el sector, era casi una rareza hace veinte años.
Lo que distingue a un buen directivo de uno que deja huella es lo que hace cuando ya no tiene la presión del cargo. Tras su salida de Telefónica, Ros Casares no desapareció en un consejo de administración aburrido. Asumió la presidencia del CDTI, el Centro para el Desarrollo Tecnológico Industrial, un organismo clave para la innovación española. Ahí conectó sus dos almas: la del ingeniero que admira la ciencia y la del gestor que sabe que sin financiación y sin estrategia, las ideas se quedan en el cajón. Bajo su liderazgo, el CDTI reforzó la colaboración con empresas emergentes y ayudó a tender puentes entre la investigación universitaria y el tejido productivo, una asignatura pendiente que España lleva décadas arrastrando.
Quizás lo más valioso de una figura como Ros Casares no sea lo que ha hecho, sino lo que representa. En un país donde la tecnología se ve a menudo como algo que pasa en Silicon Valley, él encarna una verdad incómoda: también aquí se puede hacer las cosas bien si se combina conocimiento, paciencia y una mirada de largo plazo. No es un gurú de las conferencias ni un profeta del metaverso. Es un profesional que entendió que la revolución digital la protagonizan las personas que conectan mundos estancos, no las que gritan más fuerte.
Su historia invita a preguntarnos cuántos talentos similares se pierden en los organigramas y cuántas decisiones importantes se toman sin la calma necesaria. Porque al final, en el sector tecnológico sobran promesas y faltan trayectorias sólidas como la de Francisco Ros Casares. Y eso debería preocuparnos.

Source: HotArticle

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