Hace apenas una década, ver a Canadá en un Mundial de fútbol sonaba a anécdota histórica. La última vez había sido México 1986, una participación breve y olvidada en la que el equipo no marcó ni un gol. Para las generaciones posteriores, la selección canadiense era simplemente inexistente en el radar futbolístico mundial. Hoy, sin embargo, hablar del fútbol canadiense ya no provoca sonrisas condescendientes. Algo cambió, y cambió de manera sorprendente.
El punto de inflexión no fue gradual. Fue un nombre: Alphonso Davies. El joven nacido en un campo de refugiados de Ghana, criado en Edmonton, deslumbró primero en Vancouver y luego en el Bayern Múnich con una velocidad que parecía dibujar otra categoría física sobre el césped. Pero Davies, por talentoso que sea, no explica solo la transformación. Detrás de él hay una estructura que decidió dejar de improvisar.
Canadá Soccer, la federación nacional, pasó años en la indiferencia institucional. El fútbol competía por atención y recursos contra el hockey sobre hielo, el básquetbol, el béisbol, incluso el lacrosse. Los mejores atletas juveniles raramente elegían el balompié. Lo que ocurrió en los últimos años fue una apuesta coordinada: la creación de la Canadian Premier League en 2019, el desarrollo de academias vinculadas a franquicias de la MLS en Toronto, Vancouver y Montreal, y una política de reclutamiento agresiva en las diásporas. El resultado fue una selección que dejó de depender de jugadores ocasionales para construir un núcleo sólido de futbolistas que viven el deporte profesionalmente desde temprana edad.
La clasificación para Qatar 2022 rompió 36 años de sequía. Pero más significativo fue cómo se logró: derrotando a Estados Unidos y a México en el octagonal final de la CONCACAF, algo impensable hasta poco antes. John Herdman, el entrenador inglés que asumió en 2018, supo transmitir una identidad que antes faltaba. No era solo organizar tácticamente; era convencer a un grupo de jugadores de que podían competir contra naciones con tradición centenaria.
El presente trae nuevas complejidades. La copa del mundo de 2026 se jugará en parte en suelo canadiense, junto con Estados Unidos y México. La presión de ser anfitrión sin historial reciente es peculiar. No se espera que ganen el torneo, pero tampoco se tolerará una exhibición de novatos. Entre tanto, jugadores como Jonathan David, Cyle Larin y Stephen Eustáquio han consolidado carreras en ligas europeas de primer nivel, algo que antes era excepción y ahora empieza a ser norma.
Lo que observamos con Canadá es un caso de desarrollo deportivo acelerado. No tuvo el tiempo de gestación de las potencias sudamericanas o europeas, ni la infraestructura heredada de otros deportes que caracteriza a Estados Unidos. Tuvo que construir casi desde cero en plena era profesional, cuando las diferencias económicas y estructurales ya parecían insalvables. Y sin embargo, lo logró.
La pregunta ahora es si esta generación logrará establecer una tradición o si será un momento fugaz. El fútbol canadiense aún depende de que las estrellas actuales inspiren a las siguientes. Pero algo irreversible ya ocurrió: demostraron que es posible, y en el deporte, la posibilidad demostrada es el primer paso hacia la expectativa.
La cantera norteamericana que soñaba en silencio
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