Las enfermedades rara vez desaparecen por completo; lo que desaparece es nuestra atención. En 2022, la viruela del mono ocupó portadas, generó filas para vacunarse en algunas ciudades y dejó preguntas que la mayoría de la gente nunca se había planteado. Después, como suele pasar, llegó otra crisis, otra noticia, y el tema se desvaneció. Pero el virus sigue ahí, circulando, mutando y, en ciertos momentos, volviendo a presionar a los sistemas de salud. Entender qué pasó, y qué no pasó, es más útil que repetir el pánico.
El primer dato que conviene aclarar es que el nombre “viruela del mono” ya no es el oficial. En 2022, la Organización Mundial de la Salud lo cambió a mpox, en parte porque el nombre anterior era impreciso —los monos no son el principal reservorio del virus— y en parte porque cargaba con connotaciones racistas y estigmatizantes. Aun así, en muchos países hispanohablantes sigue usándose el nombre antiguo, lo cual ilustra algo importante: cambiar una palabra es más fácil que cambiar una percepción.
La mpox es una enfermedad causada por un virus del mismo género que el de la viruela humana. En la mayoría de los casos produce fiebre, dolor de cabeza, dolores musculares y una erupción cutánea que evoluciona en lesiones. La mayoría de las personas se recuperan, pero puede complicarse, sobre todo en quienes tienen sistemas inmunitarios debilitados, embarazadas o niños pequeños. No es una infección leve por definición, aunque tampoco es la próxima pandemia en cada titular.
Durante el brote de 2022, mucha de la conversación se centró en la transmisión sexual, y con razón: el contacto íntimo de piel con piel fue la vía más visible en ese momento. Pero decir que es una enfermedad de transmisión sexual es reducirla y, en cierto modo, tranquilizarla demasiado. El virus se transmite principalmente por contacto prolongado y cercano con una persona infectada, por el contacto con ropa o superficies contaminadas, y, en algunos casos, por gotículas respiratorias. No se trata de un virus que elija a un grupo social; se trata de un virus que aprovecha el contacto cercano.
Esto es relevante porque la mpox también nos enfrentó a un problema más viejo que cualquier virus: el estigma. Cuando una enfermedad afecta de manera desproporcionada a una comunidad, existe la tentación de etiquetarla como “de ellos”, como si la enfermedad respetara fronteras morales. El estigma no solo daña; también hace que las personas eviten buscar atención médica, lo que a su vez permite que el virus siga circulando. Tratar a la mpox como un tema de salud pública, no como un tema de vergüenza privada, sigue siendo necesario.
En cuanto a la prevención, existen vacunas y tratamientos, aunque su disponibilidad varía enormemente según el país y el momento. La vacuna contra la viruela, en sus distintas versiones, ofrece cierta protección cruzada, y hay antivirales para casos más graves. Pero la herramienta más básica sigue siendo la misma de siempre: reconocer los síntomas, evitar el contacto cercano mientras se está enfermo y buscar atención médica temprana. No hace falta vivir con miedo; hace falta vivir con información.
Lo que la mpox dejó en evidencia es lo frágil que es nuestra memoria colectiva sobre las enfermedades infecciosas. Apenas unas décadas después de erradicar la viruela humana, el mundo se mostró sorprendido por el regreso de un pariente cercano. La sorpresa, en sí, es un lujo que no podemos permitirnos. Los virus no se preocupan por los ciclos noticiosos.
A día de hoy, la mpox sigue siendo un problema de salud real, especialmente en regiones donde la vigilancia y el acceso a vacunas son limitados. La pregunta no es si volverá a ser noticia, sino si estaremos mejor preparados cuando eso ocurra. Y la respuesta depende menos de las farmacéuticas o los gobiernos que de algo más modesto y más difícil: nuestra capacidad de no confundir el silencio mediático con la ausencia de riesgo.
Viruela del mono: el nombre que no logramos dejar atrás
Source: HotArticle
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