El corazón late, constante, sin aviso previo. Unas veces lo sentimos como un aleteo leve; otras, como un tambor en el pecho que amenaza con salirse del tórax. Lo curioso no es su existencia, sino lo que ponemos en él. Carrera contra el tiempo en una oficina frente al mar, deuda que no termina de pagarse, mirada que se cruzó y luego se perdió en la multitud. Hay quienes lucen un corazón de cristal, expuesto delicadamente en un estante cual vitrina de museo, mientras otros lo pasean como un viejo cuaderno de notas, repleto de aristas y fracturas.
Observo a mi amiga Paula en el atardecer malagueño. El sol se queda atrapado en su copa de vino vacía mientras habla de Luis. No es una queja; es una memoria al sol. "Lo extraño, pero también extraño ese vivir sin tanto peso", dice entre sorbos de aire con sabor a sal. Su corazón tiene grietas. Algunas profundas: un padre que partió demasiado pronto, una enfermedad que se llevó la certeza de una vida sencilla. Las heridas no se han cerrado por completo. Pero aquí está: en una terraza junto al Mediterráneo, abriéndose camino entre recuerdos y nuevos proyectos de fotografía.
En palabra del filósofo Edgar Morin, también existe "un complexus de amor y lucidez". Dicho de otro modo: no porque alguien haya sido herido decide despreciar estas experiencias fundamentales para su propio crecimiento humano. El corazón cicatriza en los lugares más inesperados, en los momentos de mayor extrañeza. Dar un sí a la vulnerabilidad no equivale a vivir una existencia desprovista de seguridad, sino a la aceptación cruda e integral que esta dance con el riesgo.
La ciencia explica el concepto: el órgano cardíaco se reconfigura considerando mecanismos como la "remodelación cinética" y la "restitución hiperplásica". Compone nuevas estructuras a través de patrones fisiológicos duales: cicatriz y función activa. Es una maravilla biológica que sucede mientras vamos tomando café, discutiendo un presupuesto, o intentando explicarle a un niño por qué el mar parece infinito. Late herido y eficaz, como una metáfora exacta de la condición humana.
Pero más allá de la anatomía —en el corredor íntimo de nuestra psique—, también reside una cuestión de tipo antropológico. Estar abiertos a una nueva experiencia luego de haber sido quebrados conlleva, según el antropólogo colombiano Carlos Castaño, "una apertura hacia lo posible como resistencia frente a lo trágico". Los rituales cotidianos recuperan su sentido en pacientes oncológicos que bailan antes de sus terapias o en jóvenes recién divorciados que se matriculan en clases de cocina tailandesa.
Tener el corazón expuesto —al amigo que llega tarde a casa del dolor, al primer día de un empleo nuevo, al abrazo que pudo o no estar esperado— no es un gesto de ingenuidad infinita. Es decir sí a la desprotección desde la inteligencia emocional. "No pierdas ni media molécula de amor" dice el poeta Juan Ramón Jiménez en Destierro. Cada núcleo roto en el músculo cardíaco es una rendija por donde fluyen nuevos destinos y se reconfigura el concepto de plenitud.
Ahora pienso en Miguel —entre mis clientes de asesoría empresarial— quien perdió a su esposa en un accidente de tránsito frágil. Apostó sus reservas económicas, creó una fundación en su nombre, y ahora trabaja sólo cuatro días por semana para dedicarle más tiempo a sus nietos. Implica que una parte del corazón, la puramente vinculada con ella, aún sangra. Pero otra parte, esa dispuesta a dar lo que pudo intuir que ella quiso, creció como un árbol de magnolio sobre cemento urbano.
Paula se levanta de la mesa; suena su teléfono: "Exposición este martes", lee en voz alta. Guarda el móvil y sonríe. Un viento repentino se lleva un poco su cabello frente al oleaje crepuscular. Alfonso regresó meses atrás de sus propias batallas y la saluda desde el puesto de helados turquesa en la esquina. Ella alza la mano en un gesto de reconocimiento ágil.
A veces nos reciben desde el costado: una lengua de luz de verano, un informe laboral que por fin recibió aprobación, una canción a medio camino en la radio, un anciano que cambia de acera para dejarnos pasar primero. Aceptar la continuidad del corazón está lejos de significar ignorar sus fracturas. El sí sigue siendo un verbo conjugado en presente. Una forma de caminar con cicatrices débiles y una emoción intacta hacia delante.
Al final del día, acaso todo sea eso: dejar que el corazón permanezca abierto con su memoria rota. La biología misma nos lo enseña: bombea sangre aún fragmentado. Como un viejo sobre rojo con una esquina rasguñada por el viaje pero que aún llega a destino. Una carta en la que se han resuelto las palabras anteriores y que -con un dedo en movimiento constante- busca dirigirse hacia lo que continúa siempre desde la misma herida abierta…
Frente a la playa, el frío nocturno ya comenzó a llegar. Paula me indica que regresemos. En sus dedos hay una cicatriz apenas visible. Cortó un sobre con demasiada premura hace décadas. Ahí empezó todo.
Corazón Herido Que Sigue Abierto
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