Verlos en un retén carretero se ha vuelto tan común que ya no llamamos la atención. Los uniformes verde olivo, los rifles, las camionetas blindadas. Hace veinte años, toparte con un convoy militar en tu ciudad generaba intriga o preocupación. Hoy es parte del paisaje urbano. Esa normalidad, sin embargo, encierra uno de los cambios más profundos —y menos discutidos— de la vida pública mexicana en las últimas dos décadas.
El Ejército mexicano nació con una misión clara: defender la soberanía nacional. Durante gran parte del siglo XX, su función era casi invisible para el ciudadano promedio. Los oficiales se formaban en escuelas militares con doctrinas de guerra convencional, preparados para enfrentar invasiones, no para patrullar colonias. La idea de que un teniente revisara tu carro en un filtro de seguridad pertenecía al cine, no a la realidad.
Todo eso cambió en 2006. El gobierno federal decidió que la policía no tenía la capacidad para enfrentar la violencia del crimen organizado y abrió las puertas a una participación militar directa en tareas de seguridad pública. Lo que empezó como una medida temporal se convirtió en política de Estado. Hoy, los soldados hacen labores de inteligencia, detenciones, decomisos y vigilancia que antes eran exclusivas de cuerpos civiles.
La consecuencia es que el Ejército mexicano ha desarrollado una doble identidad. Por un lado, mantiene su estructura jerárquica y su cultura de disciplina. Por el otro, opera como una fuerza de policía a escala nacional. Un cabo que hace cinco años aprendía a manejar un tanque ahora puede estar revisando documentos en una carretera estatal. Un oficial que se formó para planear operaciones de defensa territorial probablemente coordina redadas contra grupos delictivos.
Esa transición no ha sido sencilla. Los soldados no están entrenados para recopilar evidencia que resista en un juicio oral. No estudian derechos humanos con la misma intensidad que la ley de uso de la fuerza. Y, sin embargo, se les pide que actúen con precisión judicial en un entorno donde cualquier error puede volverse noticia nacional.
Para el ciudadano, esta presencia genera una mezcla de alivio y desconcierto. Alivio porque, en muchas regiones, el Ejército representa la única autoridad que responde. Desconcierto porque no siempre está claro qué reglas rigen su actuar. ¿Pueden detenerte? ¿Qué pasa si te niegas a una revisión? ¿A quién reclamas si algo sale mal? Esas preguntas no tienen respuestas claras en la cultura cívica mexicana.
Dentro de las filas, el cambio también se siente. Los mandos saben que cada acción es observada. Un soldado en la calle no solo representa al Estado; es el rostro de una institución que debe balancear eficacia con legitimidad. Esa presión constante ha forzado a las fuerzas armadas a abrir canales de comunicación con medios, organizaciones civiles e incluso comunidades enteras. No siempre funciona, pero el intento marca una diferencia con décadas pasadas.
El debate sobre si el Ejército debe o no volver a los cuarteles no tiene fin a la vista. Mientras tanto, lo cierto es que su relación con la sociedad ya no es la misma. Los soldados están en las calles, en los puentes, en las noticias. Forman parte de la conversación diaria. Y esa transformación, silenciosa pero constante, redefine no solo la seguridad del país, sino también la forma en que los mexicanos vemos a quienes visten el uniforme.
Cuando los soldados están en las calles: la transformación silenciosa del Ejército mexicano
Source: HotArticle
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