Cuando el pan sabe más verdadero que la justicia
El filósofo francés Alain dijo alguna vez que la justicia no es la política: es la medida. La medida, como esa cuchara de madera desgastada que mi vecina usa siempre para sopesar los frijoles antes de cocerlos. Lo solía decir en voz baja mientras esperábamos el pan recién horneado en la esquina, cerca de la panadería.
El pequeño mundo de aquella calle colmada de vecinos siempre me enseñó que uno no necesita parlamentos, ni tribunales, ni leyes impresas en brillantes tomos, para comprender lo que está torcido. La gente del barrio ya tiene la capacidad percibirlo en sus gestos entrístico: una mirada de hastío ante la larga fila que toma un nuevo dia en la avenida principal una razón por la cual la espera siempre se hace quebradiza, insostenible.
Vivimos en esta obsesión por las palabras grandes—solidaridad, dignidad, cambio—como si fuera un mantra sagrado que pudiera arreglar todo lo que está encogido en la realidad. Pero hoy, cuando veo a esa mujer intentando explicarle a su hijo por qué el camion del agua recién pasa cada dos semanas, observo la forma en que calla sus argumentos sobre el valor de la palabra "justicia". La sitúa muy lejos entre el polvo de los caminos y su pequeño hogar con paredes de ladrillo.
Es en ese intersticio donde acecha el problema crucial: cuando el pan huele fresco desde antes de las siete de la mañana en la plaza, cuando el agua escasea tanto que solo queda la que va caminando con los niños al caer la tarde... allí la justicia ya no alcanza con palabras hueras ni promesas ensombrecidas por lo impersonal. Allí el que espera perdió fuerza para escucharla sonar brillante en los televisores colectivos de los barrios ricos.
Cuando esa misma madre se volteó hacia mi este mediodía, durante la larga espera del poco autobus que apenas rueda por las calles, dibujó esa pregunta que llevará años responder sin una pistola sentimental: "Y para la gente que apenas come pan medio pasado las tres, ¿qué palabras grandes sobre justicia caben?"
No creo que la respuesta esté en la plataforma de eventos cada vez más vacíos por estériles, sino en la forma que personas como Consuela cocinan su entrega diaria. La justicia que realmente importa llega en un pan no corrompido por la especulación de los suministros o en unas tuberías que dejen de filtrarse por nuestra calles destruidas.
Porque lo que más necesitamos no es que la "justicia" gire como un colega abstracto, sino que nos cuide los frijoles, el pan y el agua. Mientras se aprende eso, todo lo demás es una palabra que nos eleva solitos hacia callejones de la teoría—calles místicas que nunca terminaron de tocar la piel seca del concreto de nuestras propias aceras rotas.
Mi madre siempre decía: hazte amigo del panadero y guarda tus semillas. Así proteges todo lo físico y necesario; allí vives lo que la justicia jamás escribirá. Quizás el camino verdadero de la justicia sea simplemente cuidarnos hasta el modo tangible entre el pan que horneamos y la espera del autobús.
Con ese recuerdo colgado en los rostros de cada vecino que encuentro en la tienda—con sus palabras mediatas y su mirada turística buscando hojear algo entre los repasos del día—descubro lo que importa: no hay poder más grande que la capacidad de expresarnos con los ojos y manos limpios esperando un pan que aún entra cálido entre las manos vacías.
Las palabras quedarán como mutis difícil en aquel teatro político de siempre. Nos ayudará mucho más ese pan cotidiano metido en cada necesidad que realmente palpita colmando cada mañana nuestra mesa.
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