Hay actores que gritan para hacerse notar y hay actores que, en un leve descenso de párpados, construyen un universo. Diego Peretti pertenece a esa segunda especie, la que no necesita subir el volumen para imponer presencia. Basta verlo en cualquier plano medio, con esa mirada que parece estar resolviendo un problema matemático interno, para entender que estamos ante un intérprete que convierte la mesura en potencia. Pero sería un error reducirlo al estereotipo del hombre cerebral y contenido. Su carrera demuestra justamente lo contrario: la capacidad de abrir fisuras en esa coraza y dejar que las emociones escapen sin artificio.
Los comienzos de Peretti en la actuación no responden al mito del niño prodigio que recita a Shakespeare frente al espejo. Se formó en una Argentina que salía de la dictadura, en talleres donde todavía resonaba la urgencia de contar historias que el país había silenciado. Esa etapa previa a la gran pantalla –incluyendo su paso por la psiquiatría, oficio que no llegó a ejercer pero que nutrió su oficio actoral– le dio una herramienta poco común: la capacidad de escuchar, de leer entre líneas en un guion, de entender que un personaje no empieza cuando se dice “acción” sino en los silencios que lo preceden.
El gran público lo descubrió con fuerza en la televisión de los noventa, especialmente con Poliladron y luego con Los simuladores, donde su físico común –ese que él mismo ha definido con humor como “de tipo que te cruzás en el subte”– se convertía en una ventaja camaleónica. Pero fue el cine el que terminó de expandir su registro. En El secreto de sus ojos, la película que ganó el Oscar, su participación fue breve pero quirúrgica: su inspector Morales destilaba una mezcla de duelo y obstinación que dejaba la sensación de que había una historia entera detrás de cada línea de diálogo. En Relatos salvajes, construyó a partir de la exasperación un personaje que se desmorona con una lógica implacable, de esas que asustan por lo reconocibles que resultan.
Hay un hilo conductor en sus elecciones: la incomodidad. No la incomodidad efectista, sino esa sensación de que sus criaturas están siempre al borde de una decisión que puede romper un orden preestablecido. Lo mismo en un drama judicial que en una comedia negra, Peretti no le teme a los personajes grises, a los hombres que, como el Simón de El robo del siglo, se aferran a una idea fija mientras el entorno intenta bajarlos a la realidad. Esa ambigüedad moral es uno de los materiales más preciados del actor, que no necesita subrayar si alguien es bueno o malo porque su trabajo consiste en hacerlos creíbles.
Hoy, con más de tres décadas de trayectoria, Diego Peretti ha logrado un lugar casi anómalo en el entretenimiento argentino: es popular sin estridencias, respetado sin ser inaccesible y versátil sin parecer un alumno aplicado que va saltando de género para exhibir currículum. En cada trabajo, incluso en aquellos proyectos de menor repercusión, deposita una forma de atención casi artesanal, como si supiera que en los márgenes también se define un oficio. Quizá por eso sus personajes nunca parecen recién memorizados; se mueven con la naturalidad de quien ha vivido largo tiempo en esa piel antes de que la cámara lo capture.
Actores con ese tipo de inteligencia interpretativa son los que mantienen viva la capacidad del cine y el teatro para hablar de nosotros mismos. Diego Peretti no interpreta: descifra. Y cuando lo vemos en pantalla, tenemos la intuición de que está ocurriendo algo mucho más complejo que una actuación.
Diego Peretti: la intensidad silenciosa que reconfiguró el cine argentino
Source: HotArticle
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