La sombra larga de los porteros del Sevilla

Hay algo curioso que pasa en el Sánchez-Pizjuán que no ocsume en muchos otros estadios de España: cuando el portero del Sevilla tiene el balón en los pies, la grada no se queda callada. Hay una especie de respeto colectivo, de atención compartida, como si todos supieran que lo que haga ese jugador con el número 1 a la espalda puede definir una temporada entera. Y no es paranoia. Es memoria.
El Sevilla FC ha construido, casi sin planearlo, una de las tradiciones porteros más fascinantes del fútbol español. No se trata de una casualidad ni de una táctica deliberada del club, sino de una cadena de circunstancias, aciertos en fichajes y una identidad competitiva que siempre ha exigido mucho de quien protege la portería nervionense.

La posición que nunca fue un trampolín

En muchos clubes, la portería es un puesto de paso. Llega un joven prometedor, juega un par de temporadas aceptables y da el salto a un equipo más grande. O llega un veterano en el ocaso de su carrera buscando un último contrato tranquilo. En el Sevilla, ninguna de esas dos dinámicas ha funcionado del todo. El club ha competido en Europa prácticamente cada temporada durante las últimas dos décadas, y eso significa que su portero no puede permitirse una mala racha larga. La presión es real, constante y sin pausa.
Andrés Palop lo entendió antes que nadie. Llegó en 2005 procedente del Villarreal, con 31 años y sin el perfil de fichaje estrella. Pero lo que hizo en Sevilla transformó la forma en que la afición entiende el puesto. No solo atajaba: organizaba, gritaba, mandaba. Su gol de chilena ante el Shakhtar Donetsk en la Copa de la UEFA 2006-07 se convirtió en una de las imágenes más repetidas de la historia del club, pero lo que realmente importó fue lo que hizo durante los 120 minutos anteriores y los 90 de cada fin de semana. Palop demostró que en el Sánchez-Pizjuán un portero podía ser tan decisivo como cualquier delantero.

La era Bono y la redefinición del puesto

Si Palop estableció el estándar emocional del portero sevillista, Yassine Bounou —Bono— lo elevó a otra dimensión técnica. El marroquí llegó cedido del Girona en 2019 y, tras un periodo de adaptación donde compartió minutos con Tomáš Vaclík, se convirtió en indiscutible. Lo que hizo Bono en la Europa League de 2020, disputada en el formato concentrado de Alemania tras la pandemia, fue extraordinario: paró un penalti en la tanda ante el Manchester United en la semifinal y mantuvo la portería a cero en la final contra el Inter de Milán.
Pero más allá de las paradas, Bono introdujo algo que el fútbol moderno valora cada vez más: la capacidad de jugar con los pies como un centrocampista más. Su tranquilidad bajo presión, su distribución precisa y su forma de iniciar el juego desde atrás cambiaron la manera en que el Sevilla construía sus ataques. Cuando un equipo presionaba alto, Bono encontraba al jugador libre con un pase largo que desarmaba la presión rival. Eso no se enseña fácilmente. Es una combinación de lectura táctica y personalidad.
Su marcha al Al-Hilal saudí en 2023 dejó un vacío que el club todavía está intentando resolver. No era solo un portero; era un sistema de juego comprimido en una sola posición.

La tensión constante de la sucesión

Cada vez que un portero destacado deja el Sevilla, la pregunta inevitable es quién puede reemplazarlo. El club ha probado distintas fórmulas: fichajes consolidados, apuestas por jóvenes, soluciones internas. Ninguna ha resultado completamente satisfactoria desde la salida de Bono. Ørjan Nyland llegó con experiencia internacional pero sin terminar de convencer. Marko Dmitrović cumplió sin deslumbrar. La portería se convirtió, por primera vez en mucho tiempo, en una posición de incertidumbre.
Esa incertidumbre no es solo deportiva. Es emocional. La afición del Sevilla se acostumbró a tener un referente bajo los palos, alguien cuyo nombre se coreaba con la misma fuerza que el de cualquier goleador. Cuando esa referencia desaparece, el estadio lo nota. Los defensas lo notan. El vestuario lo nota. Un portero seguro no solo para goles; también evita dudas, evita discusiones, evita que un equipo empiece a jugar con miedo.

Lo que hace diferente a esta tradición

Hay clubes en España con porteros históricos indiscutibles: Iker Casillas en el Real Madrid, Víctor Valdés en el Barcelona, Antonio Ramallets en el Barça de los años cincuenta. Pero esos casos son, en el fondo, historias de un solo jugador que dominó una época. Lo peculiar del Sevilla es la cadena: Palop, Beto, Vaclík, Bono. Diferentes perfiles, diferentes nacionalidades, diferentes estilos, pero todos con algo en común: entendieron que en Nervión la portería no es un puesto secundario.
Quizá tenga que ver con la identidad del club. El Sevilla no es un equipo que gane ligas con regularidad, pero compite en cada torneo que disputa. Eso genera una cultura de urgencia permanente, donde cada partido importa de verdad. Y en ese contexto, el portero no puede permitirse un mal día. La afición perdona muchas cosas, pero no la falta de personalidad bajo los tres palos.
También influye la tendencia del club a construir desde atrás. Los entrenadores que han pasado por el Sánchez-Pizjuán —Unai Emery, Jorge Sampaoli, Julen Lopetegui— han valorado porteros que participen activamente en la fase ofensiva. Eso reduce el margen de error. Un portero que solo ataja ya no basta en Sevilla. Tiene que atajar y pensar. Tiene que salvar y crear.

La pregunta que sigue abierta

Mientras el Sevilla busca estabilidad en la portería, la sombra de quienes estuvieron antes sigue presente. No como fantasmas que asustan, sino como estándares que exigen. Cada nuevo portero que llega sabe, casi desde el primer entrenamiento, que está pisando un terreno con historia. Que antes que él hubo alguien que paró penaltis en semifinales europeas, que metió goles de chilena en tiempos extra, que construyó jugadas de gol con un pase de 40 metros.
Esa presión no es injusta. Es el precio de pertenecer a un club que nunca se conforma con participar. El portero del Sevilla no es solo el jugador que evita goles. Es el guardián de una tradición que no admite mediocridad. Y eso, aunque suene pesado, es también un privilegio enorme.

Source: HotArticle

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