En el aire de los Caribe hay un olor a goleada que no se disipa

El 2 de junio de 2021, cuando el árbitro argentino Néstor Pitana pitó el final en el estadio Wilfredo David de Santo Domingo, Trinidad y Tobago tenía la frente pegada al suelo: 0-5 contra Curazao. En ese instante nadie sabía que el marcador iba a convertirse en un pequeño punto de inflexión de la historia reciente del fútbol antillano. No porque Curazao hubiese tocado el cielo —ya lo había rozado en 2017, cuando se colgó la medalla de bronce de la Copa Oro—, sino porque Trinidad y Tobago tocó fondo y tuvo que decidir si se quedaba allí o buscaba oxígeno para volver a la superficie.
El partido duró noventa minutos, pero su eco sigue sonando cada vez que ambas selecciones se citan. En la prensa local de Puerto España, el titular fue lapidario: «Soca Warriors humillados». En Willemstad, el diario Extra celebró la «manita» y se preguntó si era hora de soñar en otro Mundial. Ninguno de los dos extremos era del todo justo: el 5-0 fue una fotografía instantánea, no un veredicto definitivo. Sin embargo, las fotos también cuentan historias.
Curazao, la sorpresa metódica
Hace veinte años Curazao no existía como selección independiente; jugaba bajo la banda de las Antillas Neerlandesas. Cuando se separó, muchos vieron un experimento menor. Pero la federación apostó por un plan serio: fichó a técnicos europeos con experiencia en formación, convocó a futbolistas de la diáspora —sobre todo en los Países Bajos— y les pidió algo más que talento: que entendieran la camiseta. El resultado no fue inmediato, pero fue sólido. A la altura de 2021, once de los titulares habían pasado por las inferiores del Ajax, Feyenoord o PSV. Ninguno era una estrella, pero todos sabían lo que hacían con la pelota en los pies.
Contra Trinidad y Tobago salieron presionando alto y moviendo el balón más rápido que la sombra caribeña. Leandro Bacuna, entonces en el Cardiff City, puso el primero. Rangelo Janga, que había jugado en el Omonia chipriota, marcó el segundo. A los 35 minutos ya ganaban 3-0 y los Warriors parecían buscar la salida del estadio en lugar del área rival. El fútbol, sin embargo, no siempre es un cuento de hadas: Curazao se quedó a las puertas del Mundial de Catar tras caer en repechaje contra Panamá. Esa noche en Santo Domingo fue su cénit temporal.
Trinidad y Tobago, la caída que despertó fantasmas
Para los trinitarios, el 0-5 fue un espejo que devolvía imágenes que nadie quería ver. La generación dorada que había eliminado a Estados Unidos en 2017 y se había colado en la Copa del Mundo de 2006 ya no estaba. Stern John y Dwight Yorke eran recuerdos enlatados; los jóvenes llegaban a Europa tarde o no llegaban. La liga local, sin financiación, jugaba en estadios maltrechos y con televisión que apenas cubría los gastos. El combinado nacional había perdido diez de sus últimos doce partidos oficiales. La humillación caribeña no era un accidente, era la gota que colmó un vaso roto años atrás.
Lo curioso es que, en vez de hundirse, el 5-0 terminó siendo un catalizador. La federación despidió al técnico Terry Fenwick, contrató al jamaicano Angus Eve —ex jugador y conocido por su mano dura— y lanzó una nueva política de convocatorias: más jóvenes de la MLS y de la segunda división inglesa, menos experimentados sin minutos. No hubo milagros inmediatos, pero al menos hubo dirección. Un año después, Trinidad y Tobago llegó a semifinales de la Concacaf Nations League y firmó dos victorias seguidas sobre Granada y Bahamas. Nada que levante alfombras, pero sí lo suficiente para que la afición recordara que perder 5-0 no es una condena eterna.
El reencuentro que nadie pidió
En la eliminatoria para la Copa Oro 2023, el sorteo volvió a juntar a ambos equipos. Esta vez la prensa trinitaria habló de «revancha»; la curazoleña de «consolidación». El partido terminó 2-1 para Curazao, pero el tono fue distinto: Trinidad y Tobago salió a presionar, tuvo el balón el 60 % del tiempo y falló un penal que podría haber cambiado el guion. El resultado siguió siendo adverso, pero la sensación fue otra: ya no se trataba de una lección magistral, sino de un duelo equilibrado en el que la diferencia fue un detalle.
Los aficionados en el Hasely Crawford Stadium vitorearon a los suyos a pesar de la derrota. A la salida, una niña de diez años llevaba un cartón pintado con la frase «0-5 nunca más». Su padre, que había estado en el 2021, le explicó que el fútbol no borra los marcadores, pero sí permite escribir páginas nuevas. Esa noche, Curazao celebró otra victoria y Trinidad y Tobago celebró haber perdido con dignidad. En el Caribe, donde la historia se escribe con calypso y carnaval, a veces la derrota es el primer paso para recordar quién eres.
Lo que queda en el aire
A medio camino entre ambas islas, el mar sigue igual de turquesa, pero el mapa fútbol ya no es el mismo. Curazao ha mostrado que un país de 160 000 habitantes puede competir con lógica y paciencia. Trinidad y Tobago, con su población casi ocho veces mayor, ha comprendido que el tamaño no basta sin organización. El 5-0 del 2021 no definió a ninguna de las dos selecciones; simplemente marcó un antes y un después en la relación entre ambas. Ahora, cada vez que se enfrentan, el fantasma del resultado histórico flota sobre el césped, pero ya no pesa: sirve de recordatorio.
En el fútbol, como en la vida caribeña, el calor puede sofocar o puede fundir metales. Curazao eligió forjar un proyecto sólido; Trinidad y Tobago, rehacer el suyo desde las cenizas. El siguiente capítulo se escribirá en la fase previa de la Copa Oro 2025. Nadie sabe si habrá otra goleada, un empate o una sorpresa trinitaria. Lo único seguro es que, cuando pite el árbitro, ambos equipos sabrán que el 2 de junio de 2021 no fue el fin de nada, sino un punto de partida disfrazado de humillación. En el Caribe, hasta las derrotas saben a ron y a esperanza.

Source: HotArticle

Original link: https://www.hotarticle24.com/2miolfp7

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