En las canchas de polvo de ladrillo de América del Sur, el tenis se aprende con las piernas antes que con la muñeca. Esa lección, a veces olvidada en la era de los servicios explosivos y las pistas rápidas, sigue viva en la carrera de Tomás Martín Etcheverry. El platense no llegó a la élite por un golpe espectacular ni por una campaña de marketing. Su presencia entre los mejores del mundo se construyó con partidos largos, rivales incómodos y una capacidad de aguante que recuerda a una forma de jugar menos fotogénica, pero más robusta.
Cuando uno ve jugar al argentino, detecta algo que los rankings no siempre reflejan: la disposición para sostener el intercambio durante tres horas si hace falta. En torneos como Roland Garros, donde la superficie castiga el físico, Etcheverry encontró su territorio. No es un jugador que busque finalizar el punto en dos golpes; prefiere tensar el partido, mover al oponente y esperar la ventana justa. Ese estilo, aunque menos celebrado que el de las estrellas de cemento, tiene una lógica profesional sólida.
El circuito masculino actual exige versatilidad. Los jugadores de arriba pueden sacar fuerte y defender como especialistas de tierra. En ese contexto, un tenista como Etcheverry debe pulir su revés, mantener el servicio competitivo y no perder altura en canchas duras. Lo interesante es que su desarrollo no muestra prisa. Cada temporada aparece con la misma seriedad de quien sabe que el tenis es una carrera de desgaste, no un sprint.
Hay una tentación en el periodismo deportivo de medir a todos por trofeos de Grand Slam. Pero la profesión del tenista también se sostiene en quienes aseguran un nivel que permite vivir del deporte y representar a un país con dignidad. La trayectoria de Tomás Martín Etcheverry ilustra esa otra categoría de éxito: la de quien ocupa el espacio necesario para que el tenis sudamericano no sea solo un nombre histórico, sino una presencia actual.
Quizá su mayor aporte no sea un título, sino una manera de estar en la cancha. En un deporte donde tantos buscan el resumen perfecto, él elige el partido completo.
Tomás Martín Etcheverry y la escuela del barro
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